lunes, 5 de abril de 2010

Bangalore, India




Puede sonar un tanto desconcertante, pero creo que nunca estuve en la India. O por lo menos en la India que uno puede pensar que existe, ésa de los mil colores y olores, los templos infinitos y la espirutualidad a flor de piel, la de las miradas enigmáticas retratadas en filmes y novelas que han entretenido a tantos por décadas. Dicen que a India se le ama o se le odia, y durante mi estancia de una semana en el subcontinente eso me quedó más que claro.



Vacas sagradas: como escultura para adorar o en su forma viviente, escarbando en la basura al lado de un rickshaw.

Y ahora, meses después de haber estado allá, los recuerdos se hacen borrosos, borrosos como el cielo se ponía cuando la fuerte lluvia caía por las calles y ese calor pegote que te persigue estés donde estés sólo crecía. Me parece increíble que haya pasado las fiestas patrias en un lugar tan extraño, extraño como conseguir alcohol y hielo en un pequeño bar repleto de indios con sus bigotitos y sus , para mí, incomprensibles lenguas y dialectos. Reviso las fotos de esa extrañísima ciudad que es Bangalore, una mezcla ecléctica entre lo que la India es y lo que desea ser, como un adolescente que no se decide qué tipo de persona quiere llegar a ser. Me veo a mi mismo sentado en un bus que recorre lentamente, muy lentamente las calles mientras salta de un lado para otro esquivando hoyos, montículos, vacas y personas. Veo enormes palacios, la herencia colonial inglesa, pequeños y extraños templos repletos de figuras de animales y esos tan extraños dioses hindúes, y luego precarias construcciones donde la gente camina, come, compra y vende lo inimaginable. Recuerdo los frontis de las enormes empresas instaldas en la ciudad y en los parques industriales que le circundan, emulando un Silicon Valley con sabor a curry y cordero.

Edificios gubernamentales y señalética (niños corriendo? niños arrancando?)

Pero la mayor parte del día estaba desconectado de eso. Como invitados por el Indian Institute of Management Bangalore (IIMB) alojaba y "estudiaba" en el mismo recinto, una gran construcción de sólido cemento rodeado de hermosos jardines y un gran muro que te hacía dar la sensación de que el mundo exterior no existía. Desayuno, almuerzo y cena estilo indio: comida deliciosa, picante, extraña e irressitible hizo que mi estómago más de un día se enojara ¡¡ quién me manda a comer salsas picantes y carne a las 8 am !! Pero los olores y texturas eran para mi un imán al cual no podía decir que no. Luego venían actividades académicas donde una serie de profesores nos hablaban sobre las características del mercado indio, sobre su sociedad, economía y política, sobre sus problemas y esas tan pero tan especiales particularidades. Llegué a la conclusión de que India se vanagloria de tener muchas cagadas, pero pequeñas, en vez de un gran gran cagada.

Bangalore es una ciudad de casi 6 millones de habitantes ubicada en el estado de Karnataka, del cual es capital, al sur de la India. Se habla canarés, hindi, tamil, telegú además de inglés, el cual se habla al interior de las grandes empresas de outsourcing y offshoring presentes. La ciudad es famosa por ser el centro tecnológico del país y la "cara bonita" al exterior, con varias empresas nacionales y multinacionales relacionadas con las tecnologías de la información, la industria aeroespacial y la industria pesada. Es una ciudad que ha crecido en forma desordenada, sin ningún tipo de planificación, donde los semáforos son prácticamente inexistentes, urbanizaciones aparecen como callampas en potreros sin ningún tipo de servicios conectados y sin ni siquiera un camino medianamente decente para unirlas al hervidero del centro de la ciudad. Una gran postal de la teoría del caos en perpetuo movimiento, sin pies ni cabeza ni, al parecer, ganas de enmendar el rumbo.

Calles de Bangalore.

Definitivamente India es un país de contrastes, y de contrastes fuertes. Me recuerdo en el auditorio de Infosys, el mismo auditorio descrito en un capítulo del libro The World is flat, de Thomas Friedman. Una sala bella y muy ad hoc para los computines. La empresa por dentro es un gran complejo de edificios de arquitectura sorprendente conectados por vías donde los empleados circulan en bicicletas y carros eléctricos bordeando los coloridos jardines. Un lugar que podría ser de ensueño para trabajar: todo parece perfecto. Pero luego recuerdo el guardia a la entrada con su chaleco antibalas y su AK-47 al hombro, el jeep con guardias privados armados hasta los dientes (por si algún paki quisiera atacar, al parecer) y bueno, en la "vereda" de enfrente están los niños pidiéndote comida con un lastimoso gesto con las manos, las vacas urgando en la mierda y la que parece la actividad preferido de los varones indios: orinar en la calle (la otra al parecer es caminar los hombres juntos de la mano por la calle, costumbre que no creo que tenga mucha aceptación en nuestras latitudes, aunque colarse en las filas también es una práctica popular tanto por mujeres como hombres).


Empresa Infosys, Bangalore, India.


Amigos de la mano, algo común en las calles.

Y así recorro otras empresas, como la gigante Tata y otras cuyo nombre ya no retengo. Recuerdo una en que el edificio principal estaba diseñado como un árbol, con un "tronco" donde estaban las salas y oficinas principales, y "ramas" donde se ubicaban las secundarias, todo curvo, con fotos en las paredes de los logros de la empresa, su historia, y retratos de personajes inspiradores. Su logo era, efectivamente, un árbol, logo diseñado por un niño de una escuelita para discapacitados.


Una de los edificios de la gigante Tata.

Un poco, pero solo un poco de la India más "profunda" pude ver cuando nos llevaron de paseo a la ciudad de Mysore. Luego de un apocalíptico viaje de 4 horas (¡¡ no exagero!! demorarse 4 horas en recorrer 160 kms es realmente infernal !!) nos llevan a un palacio que, sin lugar a dudas, opacaría a los palacios de la realeza europea: el palacio Ambavilas. Lástima que no permitían sacar fotografías de su interior, con sus tapices de pared a pared, las pinturas de dioses en las paredes y techos, su trono de oro y su enorme puerta de plata pura. Cómicamente, un grupo de niños me rodea como si la real atención turística fuese yo y me piden que les saque fotografías.


Palacio de Mysore. La niña de la foto insistía en que le sacara fotos "solo a ella".

Y la semana en Bangalore fue rara. Raro fue celebrar un 18 de septiembre en la India, tomando ron sin hielo (uno nunca sabe de donde sacaron el agua para hacerlo), raro fue ver a un grupo de niños ciegos bailar coreográficamente (un hermoso espectáculo que ha permitido a niños con distinto grado de ceguera mejorar su autoestima y no ser vistos como un estorbo o como mendigos, realmente emocionante el trabajo que realizan alumnos y profesores), una incomprensible y torturante función de títeres fue especialmente rara, y raro es que se necesiten 5 personas para asear tu pieza, o 10 mujeres para cortar una pequeña superficie de pasto.


Grupo de niños ciegos realizando coreografías típicas de la zona.

Y hubo cosas que nunca entendí. Definitivamente India es un universo extraño e insondable donde múltiples realidades colisionan. Según mi humilde opinión, el sistema de las castas impide a la India lograr mayores niveles de desarrollo. Ése sistema de dominación perfecto tan admirado por Hitler, donde te tienes que conformar con el estatus que naciste y ser bueno para ver si en tu siguiente reencarnación mejores, y que debas dar gracias por reencarnarte en un humano y no en un gusano, aunque vivas peor que uno, frena la libre empresa, la movilidad social y el emprendimiento. Eso y la corrupción, la falta de visión a futuro, el problema con sus vecinos Pakistán y China, los graves problemas de infrastructura, las tensiones sociales, étnicas y religiosas, y una larga lista de problemas. India será la mayor democracia del mundo y será fuente de una diversidad realmente deslumbrante, con una herencia cultural enorme y un sistema de vida incomprensible para alguien que no es indio, ya sea hindú, musulmán, sijh, budista, jainista u otra de las religiones practicadas, pero hay algo que ví o sentí, no sé bien qué, algo que no entró nunca ni en mi mente ni en mi corazón, que hace que sienta a la India como algo incomprensible y lejano, un lugar que a pesar de lo mágico que pueda ser, me dejó un ligero sabor amargo en la boca.

lunes, 29 de marzo de 2010

Hong Kong




A pesar de su reducido tamaño, cinco horas no son suficientes para conocer Hong Kong, especie de ciudad-estado que actualmente posee el estatus de SAR (Región Administrativa Especial) dentro de la República Popular China. Una especie de estado independiente pero a la vez parte de otro país, porque tiene su propia administración, su propia moneda, su propia bandera y definitivamente su propia onda, pero a su vez es parte integral de la RPC.

Hong Kong es una selva de cemento, edificios y rascacielos que crecen aprovechando cada centímetro de terreno, cosa que me recuerda en cierta medida a Singapur. La ciudad posee una alta densidad poblacional, ostentando el sector de Kowloon el récord de 43.033 hab/km2 (en comparación, Santiago de Chile tiene una densidad de 8.464 hab/km2). Estoy entusiasmado y me mentalizo para tratar de aprovechar al máximo las pocas horas antes de nuevamente abordar un Cathay Airways para cruzar el Oceáno Índico. Me bajo en la estación de trenes correspondiente para recorrer el sector llamado Kowloon y trato de salir del laberíntico centro comercial que le precede cuando se me vienen a la cabeza tres nombres: Bruce Lee, Jackie Chan y Miu. Me imagino que a los dos primeros los conocen de sobra: megaestrellas del cine hongkonés, protagonistas de películas que entretuvieron varias de mis tardes infantiles y adolescentes con sus patadas y trucos de artes marciales, son considerados los máximos ídolos en estos lares, tanto así que en pleno paseo de las estrellas (sí, hay un paseo de la fama de Hong Kong) nuestro querido Bruce posee su propia estatua, muy cerca de la tienda donde venden merchadasing de Jackie. Y bueno, ahora viene la pregunta ¿Y quién diablos es Miu? Bueno, Miu era una chica de Hong Kong que conocí en Oz mientras ella estudiaba inglés, y que en mi opinión tenía una forma de ser bastante diferente de mis otras amigas chinas, incluso de aquellas con las cuales tenía más cercanía cultural como mis amigas de la provincia de Guandong (en ambas partes tienen como lengua materna el cantonés y no al mandarín, además de compartir gastronomía y folclore). Porque a la mentada Miu le gustaba tomar cerveza y fumaba bastante, era buena para conversar y tenía un estilo bastante particular de vestirse. Digamos que carecía de ese recato y cierta distancia con que encaraban las relaciones sociales el resto de las chinas. Pensando en esto me recuerdo de Sher Lam, también ciudadana de esta ciudad, y a que pesar de ser más tranquila no era precisamente tímida (no piensen mal, en chileno podríamos decir que era “buena para la talla”, a alguien se le ocurrió enseñarle la palabra huevón y me estuvo tratando de “oye huevón” varias semanas). Y esto es normal, considerando que en Hong Kong existen mayores libertades civiles que en el resto de la RPC y que cargan también con una importante influencia inglesa debido a la ocupación de este país por más de 100 años posterior a las Guerras del Opio en el siglo XIX . De ahí que se considere a Hong Kong una excelente plaza para iniciar negocios en esta parte del mundo al combinar la herencia cultural china con un estilo occidental de realizar business, además de poseer una gran libertad comercial y respeto jurídico a la propiedad privada.

Kowloon y esatua de Bruce Lee en el paseo de la fama.

Veo una larga fila de personas esperando ingresar a una tienda Louis Vuitton. Al frente un centro comercial tiene como tiendas anclas a Tiffany y Rolex. La batería de mi cámara está a punto de morir y recuerdo con espanto que mi otra batería está descargada, demonios. Me saco algunas fotos con la imagen más reconocible de Hong Kong (la selva de rascacielos del Distrito Central y la bahía de fondo) y luego mi cámara muere. Recorro este paseo de la fama observando a los niños danzar, a artistas callejeros cantar, a las parejas tomadas de la mano pensando en el futuro, a los vendedores de pescado frito y dulces mientras cae la noche y los rascacielos adquieren protagonismo al encender sus luces. Fotos y más fotos junto a mis amigos y una cerveza para calmar la sed, ya es hora de volver. Nuevamente un aeropuerto me espera, y un vuelo largo para entrar en la verdadera dimensión desconocida: India.



miércoles, 17 de marzo de 2010

Melbourne

La primavera aún no había llegado a Melbourne cuando arribé a sus calles. Resentí del frío reinante luego de haber pasado un mes inserto en el calor y la humedad omnipresentes del sudeste asiático, donde estar transpirado era lo común y jamás me puse un pantalón largo. Ni siquiera los tres cortos y lluviosos días que pasé en Brisbane luego de abandonar Bangkok me prepararon para volver a sentir las inclemencias del invierno, inclemencias que el suave clima de Brisbane me habían hecho olvidar un tanto. Pero ahí estaba yo, con mi maleta con ropa más gruesa guardada fielmente por Paul, el buildingkeeper de mi edificio en Toowong, dispuesto a iniciar la segunda parte de este viaje, cuyas características difieren completamente de lo anteriormente vivido. Esto porque iniciaba un período de study tour organizado por la Business School de la University of Melbourne, que era parte de mi beca y por lo tanto actividades oficiales que debía sí o sí cumplir, cosas como asistir a clases y hacer trabajos. Y segundo, porque me volvía a encontrar con el resto de los compañeros con los cuales inicié esta verdadera aventura hace ya largos meses. Un reencuentro repleto de risas, acompañadas por supuesto de cervezas y las historias que cada uno de nosotros, ya sea en Australia, USA o UK, habíamos vivido durante el año.

Arquitectura antigua y moderna se funden en la CBD de Melbourne.

La ciudad es la capital del estado de Victoria y es cruzada por el río Yarra. Su centro histórico cuenta con un sinnúmero de edificaciones de corte victoriano, los cuales junto al Tram (tren ligero urbano) le da un aire bastante peculiar a la ciudad, siendo en mi opinión bastante diferente a Sydney o al mismo Brisbane. Como buena ciudad australiana, existe una alta calidad de vida, repleta de parques y una multiculturalidad fácilmente palpable en las calles, con fuerte presencia india, china y griega, entre otras múltiples nacionalidades. Su CBD (City Business District) cuenta con altos y modernos rascacielos que se conjugan graciosamente con la arquitectura tradicional de la ciudad. Era, en fin, una ciudad vibrante, repleta de actividades culturales e interesantísima de conocer si no fuese por el frío y por las clases. Porque claro, ahí estaba sentado en una sala mientras Mark, nuestro anfitrión, nos habla de las características del ambiente de negocios de la India un día, de China otro, y así durante una semana, pasando desde el marketing hasta una pequeña clase de chino mandarín. También tuvimos actividades de otro tipo, como una cena de bienvenida con sabrosos vinos australianos y la autóctona carne de canguro, y salidas “culturales” hacia museos y parques. Además, como es debido, organizamos nuestras propias actividades de recreación, recorriendo bares y conociendo la vida nocturna de la ciudad, actividades que hicieron disminuir mis horas de sueño considerablemente. Una visita al palacio sede del gobernador del estado de Victoria, el cual es el representante de la reina en el estado (un cargo con más honores que poderes) me hizo vestirme de “etiqueta”, lo cual es un decir siendo que mi equipaje era mayormente poleras y ropa de verano, por lo que tuve que improvisar con la poca ropa semi formal que tenía. Un palacio lujoso y grande que ha sido, al parecer, usado solamente una vez por la reina en alguna visita ya lejana. Posterior a eso pude arrancarme a una magnífica exposición de Dalí que resultó ser una verdadera fiesta a los sentidos. Corriendo y comiendo un gyro a la pasada logro llegar junto a mi partner Daniela al rascacielos corporativo de nuestro sponsor, quien indirectamente hace posible la existencia de este blog, al permitirme estudiar en el extranjero y pagarme mi ticket oneworld (lástima que mi schoolarship haya finalizado!!).

Su servidor con la reina de Inglaterra y Dalí.

Pero como no todo puede ser clases en mi vida, nos invitan a todo el grupo a realizar un pequeño tour por los alrededores de la ciudad. Después de un par de horas llegamos a una impresionante granja eólica propiedad de una empresa australiana dedicada a la producción y comercialización de energías limpias, cuyas operaciones ya incluyen nuestro país. Luego de casi salir volando por el fuerte viento reinante nuestro viaje siguió hasta una de las viñas presentes en la zona para degustar algunos mostos y ver las parras podadas sin ni siquiera una pequeña yema abriéndose paso entre los sarmientos. Y finalmente, para alegría de mis compañeros que no estudiaron en Oz, un pequeño zoológico repleto de canguros, wombats, serpientes y koalas que además de dormir y dormir en este caso también se movían.

Granja eólica y diferentes animalejos australianos: canguro, wombat, demonio de Tasmania y koala.

Y la semana en “Melba” pasó rápido, muy rápido. Sin casi darme cuenta, ya estaba con mi maleta nuevamente armada, mandando cosas para Chile en una caja que tuvo un viaje eterno por el mar, llegando de madrugada al aeropuerto, gastando los últimos aussie dollars, y embarcándome junto a todo el grupo con destino a Hong Kong, escala de 8 horas antes de ingresar a un universo completamente diferente a lo que había experimentado: Bangalore, India.

sábado, 9 de enero de 2010

Inle Lake

Primero que todo, declarar que mi familia y yo nos encontramos en perfecto estado luego del terremoto que sacudió en forma violenta nuestro país, y que tando dolor y sufrimiento ha causado a los habitantes de Talca, Constitución, Concepción y otras ciudades. De una u otra manera he tratado de aportar mi pequeño grano de arena en la tarea de volver a poner en pie el país, así como lo hicieron nuestros padres y abuelos. Y ahora, a algo más positivo, a la última parte de mi viaje por Myanmar:

Si me lo hubiesen contado, no lo hubiese creído. Pero ahí estaban, desafiantes, las matas de tomates en perfectas hileras, entutoradas y con rojos frutos en sus racimos. Nada del otro mundo sino fuese porque estaban en la mitad de un lago de 4 metros de profundidad, hundiendo sus fibrosas raíces en islas artificiales hechas de algas. Y en vez de entrehileras hay pequeños canales donde los botes surcan plantando, entutorando, deshojando o cosechando los pequeños y rojísimos tomates que se venderán luego en los pueblos cercanos ubicados en las orillas del lago Inle.

Habíamos llegado al aeropuerto de Heho, el más cercano al lago donde un taxista nos esperaba, nuevamente Toe había cumplido y solo puedo pensar en si volveré a conocer a alguien tan honesto y responsable como él. Un trayecto de más de una hora atravesando cerros y pequeños pueblos de un verde radiante nos transportaba a un mundo al parecer aún más atrapado en el tiempo que lo vivido en Yangón o Bagán. El ya clásico "impuesto", ahora de US$3, y nuestra van hace ingreso al pueblo de Nyaung Shwe, el más grande ubicado en las cercanías del lago Inle, el cual está ubicado en el estado de Shan, el mismo donde se libran permanentes combates contra insurgentes y se ejecutan violaciones sistemáticas contra los derechos humanos de las minorías étnicas. Sabíamos por la débil señal de la BBC News que pudimos ver en Bagán que en las zonas montañosa se estaban librando cruentos combates y que un éxodo de civiles hacia China empeoraba la situación. Pero ahí estábamos, a cientos de kilómetros de los combates, y los gentiles empleados del Nan Da Wunn Hotel nos recibían con una gran sonrisa. Como no, si erámos los únicos pasajeros del hotel. Dejamos nuestros bolsos y partimos de inmediato a recorrer el lago, viaje ofrecido por nuestro taxista. Todo el día en bote recorriendo sus pueblos por solo US$15 los cuatro. Perfectirijillo dijimos al unísono, y nos embarcamos en una larga canoa a motor por las oscuras aguas del lago.

En el horizonte empiezan a recortarse unas espigadas figuras que parecen caminar sobre las aguas. Son pescadoras de la etnia Intha los cuales tienen una muy peculiar forma de remar: se colocan en una de las puntas del bote, empujando el remo con uno de sus pies. Pareciera que estuviesen danzando flotando levemente sobre las aguas del lago, una danza extraña y practicada por centenares de años. Para mi sorpresa, la gente se muestras más huraña y no responden a los saludos y menos sonríen frente a una cámara, vaya a saber uno porqué. Pronto el lago se llena de plantaciones de tomates y aparecen casas, grandes casas de madera apoyadas sobre pilotes. Y las calles de estos pueblos son las aguas del lago, y la gente se mueve en sus canoas a visitar a sus vecinos, a comprar o para ir los niños a clases, porque también hay escuelas y templos entremedio de las aguas.



El curioso método para remar de los pescadores Intha. Los cultivos de tomates flotantes y los pueblos del lago.

Y las casas esconden secretos. Nuestro guía-chofer de canoa para en algunas de ellas: en una de ellas un grupo de mujeres hace papel en forma artesanal y fabrican delicados paraguas de papel, en otro la gente trabaja la seda hilando hermosas telas mientras observo una de las cosas más insólitas que he visto en mi vida: una sencilla mujer extrae fibra vegetal de los tallos de la planta del loto y los transforma en hilos, los cuales luego se transforman en hermosos tejidos, un trabajo increíble único en el mundo ( o sea, te encargo la paciencia, se demoraba horas en hacer un par de metrosde hilo). En otras casas la gente trabaja la platería o el metal, escuchando el eco de sus martillos y fundiciones entremedio de los canales. En otro pueblo de lago, un grupo de jóvenes fabrican cigarrillos artesanales mezclando diversos tipos de tabaco envolviéndolos en unas gruesas hojas verdes. Un grupo muy , pero muy joven , hay que decirlo, algo que me huele a un poco de "trabajo infantil". Un rico almuerzo acompañado de lluvia y nos vamos a un templo cuya atractivo son tres pequeñas figuras de Buda que, a través de siglos, han sido recubiertos con papel de oro hasta el punto de que ahora solo son unas bolas doradas de varios kilates sin ninguna forma de Buda. Entre los recuerdos dejados por los visitantes distingo algo demasiado familiar: una moneda de $100 pesos chilenos. Damn !! no soy el primer chileno en andar por acá, ¿quiénes habrán sido ellos? Dejo el misterio de lado, la lluvia nos persigue y visitamos el último monasterio, famoso por poseer unas enormer tablas hechas de un solo trozo de árbol y unos gatos saltarines.


Diversas actividades se esconden detrás de las paredes de las casas. Además de los tomates, los habitantes del lago desarrollan diversas artesanías.

Ya en el pueblo decidimos darnos un gustito. Mi escasez de dólares la había superado luego que encontré a alguien que me compró mis baths tailandeses a un tipo de cambio que, obviamente, no me favoreció. Entramos al Golden Kite donde la especialidad eran las pizzas. Raro, uno puede pensar, pero más raro es que el dueño te reciba en la puerta con una enorme sonrisa y te invite a conocer la cocina y sus hornos, te dé de probar sus salsas y oler sus especias. Y aún más raro es que el dueño sea un birmano que hable inglés con acento italiano. (WTF!!) Cenamos pizza y pasta, tomamos mojitos y conversamos con algunos españoles y un francés quien luego sería compañero de ruta en nuestro viaje de regreso a Yangón.


Primera foto: la asombrosa mujer que hila la planta del loto. Abajo: las apacibles aguas del lago esconden mucha actividad.

Al día siguiente decidimos tomarnos un descanso y caminar por el pueblo para ver su actividad y comprar uno que otro souvenir. Jose decidió comprar al fin una pelota de chinlone. El chinlone es el deporte nacional de Myanmar, el cual se practica con una pequeña pelota de fibra vegetal y consiste en......no, no creo que mis palabras puedan describir con facilidad el juego, básicamente consiste en mantener la pelota en movimiento sin que se caiga al suelo pero los birmanos han hecho de eso un arte. Mejor vean los videos disponibles en youtube o visiten www.chinlone.com y vean un deporte hermoso, repleto de destreza coreográfica que requiere de un poder de concentración increíble. Bueno, Jose se compró su pelota de chinlone y yo entro a la tienda a curiosar. Paraguas y abanicos de papel, shan paper, bambúes, té orgánico y otras artesanías repletaban el local, de nombre Trinity Family Shop, atendido por sus propios dueños los cuales nos invitan a tomar gentilmente una caliente taza de té verde orgánico, cultivado por el padre de la dueña en las montañas vecinas. Lo que ella hace, como nos explica amanblemente, es poner su tienda para que artesanos de la zona de Pindaya puedan vender sus productos, sin comisión de por medio.....¿sabrá ella que lo que está haciendo se llama fair trade? No lo sé. Me pasa una tarjeta donde aparece su nombre: Phyu Thin Kyaw ¿o será el nombre de su marido? Nos sacamos fotos, nos reimos y salimos felices de conocer a gente tan sencilla, amable y cariñosa con unos perfectos extraños como nosotros, y no dejo de sorprenderme con este pueblo tan acogedor.



El mercado del pueblo y Phyu con su extraordinario té verde orgánico.

Una visita a un colorido mercado donde un grupo étnico cuyo nombre olvidé venden sus productos, grupo cuya característica principal es que las mujeres visten de completo negro, excepto los paños que llevan en su cabeza. Luego, es hora de partir, de volver al pequeño y maloliente aeropuerto de Heho, volver a Yangón por una noche y despedirme del país.

¿Valió la pena ir a Myanmar? Sí, lo fue, simplemente fue lo más espectacular del viaje, la guinda de la torta, un lugar demasiado hermoso y mágico poblado por personas encantadoras y alegres que viven bajo una sangrienta dictadura que los mantiene en la pobreza más abyecta y aislados del resto del mundo. ¿Fué ético? No dejaba de preguntarme eso mientras nuestro vuelo se acercaba a Bangkok, de una u otra manera algo de mi escaso dinero terminó en manos de los corruptos militares, pero por otra parte fui una pequeña ventana para ellos de lo que hay en el resto del mundo, fui a asombrarme de un país maravilloso aún casi desconocido para buena parte del mundo,y ahora ya de regreso a Chile, darles a conocer a todo el que quiera escucharme que a pesar de todo lo malo que uno pueda escuchar, Myanmar y su gente son especiales y únicos, un lugar donde viví momentos felices y de perpetuo asombro, y que solo deseo que algún día las personas de tan increíble país puedan vivir libres y en paz.

Y estaré atento a eso, porque estos recuerdos vivirán largo tiempo en mí.